Una enfermedad o varias: la complejidad del trastorno depresivo mayor

¿Deberíamos considerar el trastorno depresivo mayor como una entidad patológica única o como un conjunto de trastornos con diferentes pronósticos, factores de riesgo y tratamientos? Esta fue la pregunta que formularon la Dra. Chiara Fabbri, Reino Unido, y el Dr. Yuri Milaneschi, Países Bajos, en una sesión de reflexión. Presentaron datos sobre algunos patrones sintomáticos atípicos que pueden ser indicadores de la presencia de comorbilidades cardiometabólicas y que podrían orientar el tratamiento de estos grupos de pacientes.

Heterogeneidad del trastorno depresivo mayor

El trastorno depresivo mayor (TDM) es una patología muy heterogénea, hasta tal punto, que el Dra. Fabbri sugirió que deberíamos denominarlo trastornos, en plural. Es heterogéneo en las manifestaciones clínicas,1 la respuesta a los trartamientos2 y las medidas biológicas.3 Las definiciones de los subtipos clínicos pueden estar basadas en especificadores del DSM-5, tales como los rasgos melancólicos, el distress ansioso o  rasgos atípicos, o en datos de ensayos clínicos. Estos últimos identifican una amplia variedad de perfiles sintomáticos que no concuerdan con los especificadores del DSM, muchos de los cuales solo los experimentan unas pocas personas.4

La heterogeneidad biológica permite vincular la sintomatología con los hallazgos genéticos. Así, los datos del Estudio de la depresión y ansiedad en los Países Bajos5 y el Biobanco del Reino unido6 demuestran que en el subgrupo de síntomas neurovegetativos, principalmente somáticos, los pacientes con síntomas atípicos (p. ej., hipersomnia, hiperfagia) presentan un solapamiento genético con factores de riesgo inmunometabólico, como niveles elevados de IMC, de triglicéridos o de proteína C reactiva. Por otro lado, los pacientes con sintomatología neurovegetativa típica muestran solapamientos genéticos con la esquizofrenia y el consumo de alcohol. Esta caracterización biológica es útil para determinar el pronóstico, ya que los pacientes con síntomas atípicos corren el riesgo de padecer comorbilidades. Además, en un subgrupo de pacientes podría existir una relación entre síntomas atípicos, anormalidades metabólicas y depresión resistente al tratamiento.7 Además, debido a estas relaciones genéticas con signos inmunológicos y metabólicos, en estas formas de depresión también se están explorando fármacos eficaces para tratar alteraciones metabólicas o afecciones inflamatorias.

Los síntomas neurovegetativos atípicos del TDM muestran un solapamiento genético con factores de riesgo inmunometabólico.

 

Riesgo cardiovascular en los subtipos de depresión

El Dr. Milaneschi habló también de una dimensión inmunometabólica de la depresión, que se asocia con inflamación y alteración de reguladores neuroendocrinos (leptina e insulina) y biomoléculas (dislipemias) relacionadas con el metabolismo energético. Estos cambios se asocian lógicamente con los síntomas energéticos atípicos del TDM (p. ej., el aumento de peso o la fatiga).8 En un estudio de pacientes con TDM, aquellos pacientes en los que se identificaron muchos síntomas en la dimensión inmunometabólica también mostraron una asociación con factores de riesgo cardiovascular bien conocidos, p. ej., más tejido adiposo visceral o concentraciones de HDL más bajas, en comparación con la dimensión de depresión global, que se asoció con niveles más bajos de marcadores del riesgo cardiometabólico.

Podría ser útil determinar los factores de riesgo cardiovascular de los pacientes con síntomas atípicos de TDM

El Dr. Milaneschi propuso que los pacientes que presentan formas inmunometabólicas de depresión pueden correr un mayor riesgo cardiometabólico. Dada la morbimortalidad asociada con estos factores de riesgo, podría ser útil determinar el riesgo cardiovascular de los pacientes que muestran síntomas atípicos de TDM. Asimismo, estos pacientes podrían beneficiarse de tratamientos específicos (incluidos los cambios de hábitos) para abordar la disregulación metabólica subyacente.

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Referencias
  1. Østergaard SD et al. Acta Psych Scand 2011; 124:495–6
  2. Kessler RC et al. Epidemiol Psychiatr Sci 2017;26(1): 22–36.
  3. Lamers F et al. Transl Psychiatry 2016;6(7):e851
  4. Fried EI and Nesse RM. J Affect Disord 2015;172:96–102.
  5. www.nesda.nl
  6. www.ukbiobank.ac.uk
  7. Fabbri C, et al. Prog Neuropsychopharmacol Biol Psychiat 2020;104:110050
  8. Milaneschi Y, et al. Biol Psychiatry 2020; 88(5):369–80
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